miércoles, 9 de julio de 2008

EL CUENTO DE PERRAULT.PARTE 1

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y el campo, vajilla de oro y de plata, muebles tapizados en brocado y carrozas enteramente doradas; pero, por desgracia, aquel hombre tenía la barba azul: esto le hacía tan feo y terrible que no había mujer ni joven que no huyera de él.Una de sus vecinas, dama de calidad, tenía dos hijas sumamente bellas. Él la pidió en matrimonio y dejó a su elección que le diera la que quisiera. Ninguna de las dos quería, y se lo pasaban la una a la otra, pues no se sentían capaces de ir con un hombre que tenía la barba azul. Lo que también les repelía era que se había casado ya con varias mujeres y no se sabía lo que había sido de ellas.¡
Barba Azul, para entablar amistad, las llevó con su madre, con tres o cuatro de sus mejores amigas, y con algunos jóvenes del vecindario a una de sus casas de campo, donde se quedaron ocho días enteros. Todo fueron paseos, partidas de caza o de pesca, bailes y festines, meriendas; nadie dormía y se pasaban toda la noche gastándose bromas unos a otros; en fin, todo resultó tan bien que a la menor empezó a parecerle que el dueño de la casa ya no tenía la barba tan azul, y que era un hombre muy cortés. Cuando volvieron a la ciudad se efectuó la boda.
Al cabo de un mes, Barba Azul dijo a su mujer que se veía obligado a hacer un viaje a provincias por lo menos seis semanas, para un asunto de mucha importancia; que le rogaba que se divirtiera mucho durante su ausencia, que invitara a sus amigas, que las llevara al campo si quería, y que siempre comiesen bien.
—Ahí tienes —le dijo— las llaves de los dos grandes guardamuebles; éstas son las de la vajilla de oro y de plata; éstas las de los estuches donde están las pedrerías, y ésta la llave maestra de todas las habitaciones. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete del fondo de la gran galería del piso de abajo: abrid todo, andad por donde queráis, pero os prohíbo que entréis en ese pequeño gabinete, y os lo prohíbo de forma que, si llegáis a abrirlo, no habrá nada que no podáis esperar de mi cólera.
Ella prometió observar exactamente cuanto se le acababa de ordenar. Y él, después de abrazarla, sube a la carroza y sale de viaje.
Las vecinas y las amigas no esperaron que les fuesen a buscar para ir a casa de la recién casada, tenían tanta impaciencia por ver todas las riquezas de su casa, pero no se habían atrevido a ir cuando estaba el marido, porque su barba azul les daba miedo.
Y aquí las tenemos recorriendo enseguida las habitaciones, los gabinetes, los guardarropas, todos a cual más bellos y ricos. Después subieron a los guardamuebles, donde no dejaban de admirar el número y la belleza de las tapicerías, de los lechos, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos, donde se veían de cuerpo entero, y cuyos marcos, unos de cristal, otros de plata y otros de plata sobredorada, eran los más bellos y magníficos que jamás se habían visto. No cesaban de exagerar y envidiar la suerte de su amiga que, sin embargo, no se divertía a la vista de todas esas riquezas, debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del piso de abajo.
Se vio tan dominada por su curiosidad, que sin considerar que era una falta de educación dejarlas, bajó por una escalerita oculta, y con tanta precipitación que estuvo a punto de romperse la cabeza dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido y considerando que podría sucederle alguna desgracia por haber sido desobediente; pero la tentación era tan fuerte que no pudo resistirla: cogió la llavecita y abrió temblando la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada, porque las ventanas estaban cerradas; después de algunos momentos empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada y que en ella se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y sujetas a lo largo de las paredes. (Eran todas las mujeres con las que Barba Azul se había casado y que había degollado una tras otra).
Estuvo a punto de morirse de miedo, y la llave del gabinete que acababa de sacar de la cerradura se le cayó de la mano. Después de haberse recobrado un poco, recogió la llave, volvió a cerrar la puerta y subió a su cuarto para reponerse un poco, pero no lo consiguió, tan agitada como estaba.
Habiendo notado que la llave estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por más que la lavara e incluso la frotara con arena y asperón, siempre quedaba sangre, pues la llave estaba encantada y no había manera de limpiarla del todo; cuando se quitaba la sangre de un sitio, aparecía en otro.

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