miércoles, 9 de julio de 2008

EL CUENTO DE PERRAULT.PARTE 3

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa tembló. La pobre mujer bajó y fue a arrojarse a sus pies, llorosa y toda desmelenada.
—Es inútil —dijo Barba azul—, tienes que morir.
Luego, cogiéndola con una mano por los cabellos, y levantando el gran cuchillo con la otra, se dispuso a cortarle la cabeza. La pobre mujer, volviéndose hacia él y mirándole con ojos amortecidos, le rogó que le concediera un momentito para recogerse.
—No, no —dijo—, encomiéndate bien a Dios.
Y levantó su brazo...
En aquel momento llamaron tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo de repente. Abrieron y enseguida vieron entrar a dos caballeros que, espada en mano, se lanzaron directamente hacia Barba Azul.
Él reconoció a los hermanos de su mujer, el uno Dragón y el otro Mosquetero, así que huyó enseguida para salvarse; pero los dos hermanos le persiguieron tan de cerca que lo cogieron antes de que pudiera alcanzar la escalinata. Le traspasaron el cuerpo con sus espadas y le dejaron muerto.
La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Sucedió que Barba Azul no tenía herederos, por lo cual su mujer quedó dueña de todos sus bienes. Empleó una parte para casar a su hermana Ana con un joven gentil hombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; empleó otra parte en comprar cargos de Capitán para sus dos hermanos; y el resto en casarse ella también con un hombre muy cortés que la hizo olvidar los malos ratos que había pasado con Barba Azul.


Moraleja
La curiosidad, a pesar de su atractivo, con frecuencia cuesta muchos disgustos; todos los días se ven ejemplos semejantes. Es, aunque les pese a las mujeres, un placer bien ligero, que cuando se prueba deja de serlo y siempre cuesta muy caro.

Otra moraleja
A poco que se tenga un espíritu sensato, y que se conozca el grimorio del mundo, enseguida se ve que esta historia es un cuento de los tiempos pasados; ya no existen esposos tan terribles, ni tampoco que pidan lo imposible, por muy celosos que sean y descontentos. Ahora, cerca de su mujer, está hilando apacible, y de cualquier color que sea su barba, cuesta trabajo saber quién es allí el amo.

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